Sighisoara, el pueblo de Drácula

Dimos por acabada de esta manera la fugaz visita a la región central de Transilvania, tocaba desplazarnos a uno de los puntos menos conocidos, y para mi gusto más bello de Rumanía, se trataba de la ciudad de Sighisoara. Este pequeño núcleo se encuentra situado a aproximadamente a 150 km desde Brasov, lo que se tradujo en unas tres horas de viaje. El precio del billete no es muy elevado, con lo que podrás hacerte con uno dependiendo cual horario escojas, el gasto por billete oscila entre los 4 y 7 euros.

Existe un extenso horario que cubre esa ruta, nosotros nos subimos en uno que salió a las 9 de la mañana con destino final a la ciudad de Satu Mare. En caso de que Sighisoara no sea destino final, al igual que en nuestro caso, debéis estar muy atentos si no queréis llegar al norte del país.

En referencia a otro tema me gustaría aprovechar para explicaros algo sobre el segundo billete de tren con el que nos hicimos, en caso de que queráis seguir nuestros pasos y llegar a la siguiente ciudad que escogimos, Budapest. El ticket lo compramos en la misma estación de Brasov por un precio de 35 euros por el recorrido más la litera, la ruta que sigue el ferrocarril es en horario nocturno por lo que os recomiendo toméis esta opción. Aunque no cogimos el tren en la estación de Sighisoara, no hubo ningún impedimento para poder comprar el billete en una ciudad distinta a la de la salida.

Ahora sí, aclarado esto que es sin duda un tema de vital importancia, podemos continuar relatando aquel fantástico día…

Como antes comenté, a las 9 de la mañana entramos a nuestro vagón correspondiente y tras unas 3 horas de un somnoliento trayecto, llegamos puntuales a la población más pintoresca de Rumanía. Justo al entrar, dejamos las maletas en la pequeña consigna y la cual estaba muy bien atendida por una agradable señora. Con mucha velocidad, en parte debido al hambre que arrastrábamos desde la anterior ciudad, nos pusimos en camino al centro del pueblo medieval de Sighisoara. Después de unos minutos de paseo, nos quedaron claros dos cuestiones gracias a la información de nuestros móviles y que resumieron el resto del día; la primera que con total seguridad este sería el día en el que más sufriríamos el frío de todo el viaje, y la segunda, que esta ciudad era el lugar de nacimiento del ya “conocidísimo” personaje, Vlad “el empalador” o Drácula, así que nuevamente las visitas girarían en torno a el conde y su leyenda.

Avanzamos hacia el centro al cual se accede cruzando un pequeño río llamado, Tarnava, a su lado se emplaza la bella iglesia ortodoxa, “Biserica Sfânta Treime”. Esta construcción destaca por ser uno de los más grandiosos templos de la ciudad y por ser también uno de los templos más reciente construcción (1934-1937).

Por fin divisamos con claridad el centro histórico de la villa,  el cual está con todo el merecimiento y honores, incluido en la lista del Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco. Antes de ascender por las escaleras que llevan al núcleo urbano, decidimos parar en un hotel para tomar nuestro particular desayuno-almuerzo o como son ahora conocidos por los europeos, “brunch”. Aquella mañana pudimos disfrutar de una de las pizzas más grandes y sabrosas que probamos a lo largo del viaje, acompañada por un delicioso zumo de naranja.

Me gustaría añadir un pequeño inciso para comentaros la impresión que nos dio en general este lugar del interior de Rumanía en cuanto a pobreza se refiere, y es que por estos lares se dejaba ver con mayor claridad que en otras ciudades rumanas con mayor turismo.

Palpamos sobre todo esta miseria en el momento cuando al salir del bar en el que comimos, observamos que había una gran cantidad de niños mendigando bajo la fuerte helada que afectó a toda la región aquel día. Aunque Rumanía está reconocido como miembro de la UE, aún le queda un largo camino para considerarse un país totalmente desarrollado.

Dejando esta triste imagen de lado, al fin nos preparamos para llegar al centro histórico de la ciudad que era desde luego el vecindario más bello. El barrio estaba formado por un conjunto de edificios de los que destacaban decenas de casas pintadas con colores en tono pastel y las cuales dejaban paso a torres con techumbres acabadas en pico, e iglesias que parecían recién sacadas de un cuento de los hermanos Grimm. Se notaba que el lugar es bastante turístico, agraciadamente el frío no solo provocó serios riesgos sobre nuestra salud, también tuvo su cara positiva ya que nos permitió disfrutar de la visita sin un gran agobio de viandantes y viajeros curiosos.

Fuimos a ver los puntos de mayor interés; la torre del reloj (sobre la cual se erige un mirador), la casa natal de Vlad Tepes, el ayuntamiento, las torres de la muralla y por supuesto la iglesia que estaba aposentada en el punto más alto del municipio. Junto al templo se erige un tétrico cementerio, a este rincón, la nieve, la soledad, los cuervos y el atardecer le confirieron un ambiente único.

Un apunte que quizá os interese saber es que para acceder a este último lugar que he mencionado, lo deberéis hacer a través de unas escaleras de madera cubiertas. Os aviso de que no son pocos escalones así que ir con fuerzas…

Todo el recorrido por la vieja aldea lo realizamos de manera lenta y pausada, en total nos llevó unas 2 horas debido a su pequeño tamaño. Intercalamos las caminatas junto a largos descansos en los que disfrutamos de deliciosos cafés  en los diversos bares y restaurantes cercanos. Quizá es necesario recordaros que la temperatura rondó aquel día los -7 grados centígrados. Espero que ahora entendáis porque recomiendo conocer Europa central en los meses más templados y cálidos del calendario.

El resto de la tarde lo pasamos comprando provisiones para aquella noche de tren de las que tanto me gusta disfrutar en el extranjero, y además al tener tiempo de sobra repusimos fuerzas con la ayuda de nuestra botella de “Jagermeister”, mano de santo para tardes tan heladoras como aquella.

A las 9:30 de la noche decidimos poner rumbo a la estación de ferrocarril, pues el tren pasaba por allí una hora después. Como anécdota, deciros que en el camino nos sorprendió una pandilla de niños gitanos con ganas de “diversión”, en nuestro caso al ser varios y además, mayores que ellos, no hubo ningún problema. Todo se tradujo en una curiosa batalla de golpes al aire entre “el panda Alfonso” y el “jefe” del grupo. No obstante, tened cuidado y no os fiéis pues el desenlace de esta cómica situación pudo haber acabado de una manera menos divertida.

En la estación hicimos tiempo como pudimos, fuimos al baño, comimos, uno de nosotros intentó enseñar a bailar al estilo “flamenco” a un grupo de “gypsies”… en fin, lo que se suele hacer para pasar el rato. Alrededor de las diez y media sin mucho retraso tomamos el vagón que nos dejaría al siguiente día en nuestra última parada, Budapest, la capital de Hungría.

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